Construir una casa en un árbol es uno de los juegos más alucinantes de la infancia. Los que pasamos los veranos en el pueblo lo intentamos de una u otra manera, aunque fuera con cuatro cajas y no muy lejos del suelo.
Un lugar donde esconderse, invitar a los amigos, descubrir nidos, mirar las estrellas. Estar entre las ramas es estar en contacto con la naturaleza, un poco apartado del mundo, mirando el horizonte desde otra altura.
Cada árbol es distinto: su altura, la forma de sus ramas, su especie, su madera, su velocidad de crecimiento. Y cada persona es distinta, por eso no hay dos casas en el árbol iguales. Tampoco hay dos viviendas iguales.
Cuando me enfrento a un proyecto, intento tocar esos sueños. A veces aparecen de forma literal: en Velázquez 93 el cliente me pidió «algo especial», y acabamos diseñando una escalera helicoidal, concebida como escultura e inspirada en un recuerdo de su infancia.
